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Peter Bottome – Los hoscos también tienen fe

Visionario de ideas colosales, trabajador incansable, de talante ceñudo y pocas palabras; soñó siempre -fiel heredero del nacionalismo materno- con potenciar las cualidades turísticas del país y fortalecer lo venezolano

Escribe Faitha Nahmens
Fotografía Rafael Méndez

Imperturbable, aparentemente, aunque sin duda alguna, de entre los tantos afectados, el que más, su reacción de ese día lo retrata. El 27 de mayo de 2007, cuando la hora anunciada del cierre de la estación se aproximaba cortante en todos los relojes, pasarían por su cabeza siempre inquieta infinidad de recuerdos, de escenas, de situaciones: cuando propuso darle un vuelco a las telenovelas y rescatar el género de la gomina y el tono convencional narrativo del melodrama; cuando apostó a los desconocidos Carlos Mata, Franco De Vita, Yordano, Colina o Ilan Chester, visionario que fue, de que serían los dueños de la preferencia por encima de un muy buen José Luis Rodríguez; o cuando invirtió en los mejores y más avanzados equipos para grabar e imprimir discos de acetato, persuadido de que una empresa discográfica nacional sería un batacazo.

Todos lloraban –en casa y en el canal- y no pocos mantenían una ínfima sospecha de que, a última hora, se produciría una contraorden del gobierno. Puntualmente, a las 12 de la medianoche, tal y como se le había advertido al prominente accionista del grupo 1BC, conglomerado que incluye Radio Caracas Radio, la 92.2 FM, El Diario de Caracas y a Radio Caracas Televisión, la emisora que amenazaba una espada de Damocles, salió del aire.

La pantalla de cada televisor venezolano que sintonizaba a esa hora el canal 2 se oscureció. Y luego de unos segundos, entró el himno nacional. Estoico, Peter Bottome recibiría el golpe asestado sin inmutarse, apagaría el televisor y no diría una palabra hasta el día siguiente: “Espero que mis nietos entiendan qué pasó y puedan rescatar la empresa”.

Junto a su esposa, hijos y nietos en la presentación del libro de Kathy Phels

Un hombre de ideas

Venezolano por devoción pero desprovisto de los aspavientosos guiños de la gestualidad vernácula, era en buena medida lo que parecía. Introvertido, paradójicamente se expresaba sin rodeos; era un caballero práctico y enfocado que prefería el camino recto a las curvas.

Fuerte, voluntarioso, rotundo, perspicaz y arisco, entusiasta bromista de chanzas poco sutiles –y poco graciosas-, convienen sus amigos en apuntar que ocultaría tras su talante ceñudo el lado lúdico conservado a buen resguardo en ese resquicio íntimo llamado niñez, desde el cual se conectaba a hurtadillas con la ternura.

Emprendedor nato, un hombre lleno de ideas colosales por las que iba sin temor asumiendo el riesgo y al que emocionaban de manera indescriptible la naturaleza y el mar, tendría la fortuna, aseguran con admiración sus allegados, de convertir sus hobbies en trabajos y sus pasiones en causas: amante de los veleros, los carros y los aviones, funda Aerotuy, crea la escuela de aviación Aeropotoco y el Centro Marino de Oriente, y convierte Topotepuy, el reservorio donde vivían en la periferia, y donde su madre sería feliz observadora de pájaros, un oasis verde para el deslumbramiento de los caraqueños.

Promotor de los programas Bitácora y Expedición, el país y sus bellezuras en primer plano, asimismo tendría la cautela de detentar un perfil, siempre bajo por decisión propia, signado por la paradoja.

La dualidad -era un roble firme y sólido del que siempre brotaron algunas hojitas tiernas-, debió exacerbarla Venezuela. De origen estadounidense, que es como decir, según el catálogo de los estereotipos, pieza genética de la sensatez y del sentido pragmático de las cosas, el hijo de Robert Bottome y Katherine Deery –posteriormente Katty Phelps tras casarse con William H. Phelps Jr., el fundador de RCTV- llega a los tres años al vasto territorio de las exuberancias, las ambigüedades y las posibilidades infinitas, donde será el heredero indiscutible del nacionalismo materno; nadie duda de que su madre fue cultora a brazo partido del gentilicio vernáculo: embelesada, no quiso nunca más mudarse.

Como ella, al prometedor estudiante de Harvard jamás le pasó por la cabeza irse de aquí, pese a las emboscadas y asechanzas de las que fue blanco; que no fueron ni pocas ni insignificantes. Y es aquí, contra todo pronóstico, donde el campeón internacional de cabriolas aeronáuticas, el coleccionista de aviones imposibles –fue el dueño de una aeronave creada para combatir en la Segunda Guerra Mundial- y el piloto que drena estrés surcando nubes a las 3 de la tarde de un día difícil cualquiera, traza su trayectoria existencial y deja, para el aplauso de la platea, una obra relevante, y no pocos amores.

Ana Cristina Reverón Branger, Cury con quien comparte sus últimos 25 años de vida, es la dama que ahora mismo extrañará su inefable bolso de lona amarillo en el que guardaba un rimero de revistas a las que estaba suscrito –más deportivas y ecológicas que políticas-, ese donde transportaba los adminículos tecnológicos de última generación que compraba con deleite.

También echará en falta su generosidad –lo llamaban el Mariscal de Ayacucho, a muchos ayudó pagándoles los estudios y colocándoles en puestos de trabajo, eso sí, exigiéndoles que dieran todo-; su sencillez rayana en lo increíble –entre un corte de carne servido con pompa y ceremonia en un restaurante de lujo y la hamburguesa de un MacDonalds, prefería este último ¡por lo rápido!-, y su vestir sin pretensiones, camuflaje con el que intentaba pasar inadvertido: chaquetas de cierre al frente, y sus inefables jeans.

Con sus hijas Marehke y Bettina
Con sus hijas Marehke y Bettina

Y, por supuesto, tendrá nostalgia por su compañía silenciosa y a la vez inmensa, y su devoción por la familia. “No, no era efusivo, pero se hacía acompañar por todos, y sin duda alguna, por sus nietos, si iba a la playa, circunstancia que lo hacía inmensamente feliz, a lo mejor se pasaría la mayor parte del tiempo leyendo o recortando los textos que más le impactaban de las revistas, y esperaría que todos se sentaran en torno suyo”, recuerda un entrañable amigo; “¿sabes? nunca dejó de atender una llamada telefónica, fuera quien fuera, su secretaria de toda la vida nunca preguntó para él de parte de quién, y su oficina estaba abierta siempre para todos”.

“Lo conocí”, dice Alejandro Blanco Uribe, “porque opté por el cargo que solicitaba para dirigir una nueva empresa discográfica, no más leí el aviso de prensa, muy bien redactado, a página completa, y tan misterioso como impecable, supuse que debía ser una empresa muy solvente: luego de estudiar ingeniería de sonido en Estados Unidos estaba en el país con una hoja de vida aun por escribirse, así que escribí una carta compartiendo mi entusiasmo, y conseguí una cita”, sonríe.

“Con toda sinceridad entonces le hablé de mi escasa experiencia a la dama que hacía la preselección, no sin antes celebrar el hermoso Vasarely que tenía en su oficina. Cuando me llamaron de nuevo, ahora para hablar con el mismísimo Peter Bottome, él me dijo al rompe: Chico ¿qué le dijiste tú a Ofelia? ¡Esa mujer parece que está enamorada de ti, porque no veo para qué podrías servir si no has trabajado antes en la industria ¿qué edad tienes?”. La conversación también debió ser seductora. Quedó a cargo de Fonotalento, empresa que revolucionó, como Telearte la industria discográfica de los ochentas, los años dorados de la música popular.

“Él sabía de todo, y además de audaz, era un visionario”, añade el músico, percusionista, empresario y memorioso Blanco Uribe del hombre que era capaz de reparar él mismo su yate –yates todos con nombre de mujer- en alta mar.

“Todo lo quería optimizar, y así fue como también cambió, por ejemplo, la forma de producir los seriales de la tele, si el capítulo 12 y el 24 de una telenovela tenían como escenario la Colonia Tovar pues se grabarían de una vez todas las tomas, llevando el vestuario de cada ocasión, con sentido de ahorro y practicidad, no sé cuán difícil sería aquello para los actores, pero su ocurrencia se impuso”.

Temido y respetado, sorprendería el motivo de sus afanes: el país. Dicen sus allegados que Peter Bottome tenía entre ceja y ceja, “antes que el lucro, el bien de Venezuela” y que solía decir que no había que ganar uno sino el equipo. Hiperkinético a bordo de su Mercedes, defendía un enfoque empresarial novedoso, le interesaba lo autosustentable y sentía que la horizontalidad era el camino más expedito para comprometer a los empleados a quienes conocía por su nombre y apellido.

Quien tuvo como cabeza un hervidero –que refrescaría con una Coca Cola de dieta o un té frío-, hasta el último minuto soñó con potenciar las cualidades turísticas en este país de bellezuras.

Quien viajaba no para disfrutar de la arquitectura, los museos o la gastronomía sino para entender el andamiaje administrativo de los señuelos turísticos, adoraba el proyecto de un campamento contiguo al Orinoco ecológico y autosustentable, así como soñaba con montar un automercado de puros productos venezolanos con denominación de origen, las maravillas repletando los anaqueles en un majestuoso sí se puede: el mejor casabe, el tan celebrado cacao nuestro, los quesos frescos y originales, de maduración joven. Fortalecer lo venezolano y dejar escuela fue siempre el norte de este hombre que también amaba a los perros.

Nacido en New York el 28 de diciembre de 1937, día de los inocentes, aceptaría recibir –poco religioso fue- los santos óleos antes de morir el 14 de febrero de 2016, el día de los enamorados, a los jóvenes 79 y antes de terminar de realizar las tantas ocurrencias pendientes, no le alcanzó el tiempo, esa certeza a la cual, según solía decir –como si su mochila fuera, recuerda Henrique Lazo- había que echarse a la espalda, y seguir.

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